15.9.09

Desarmadas

Las guitarras chillan. Esos dedos, presas de las manos poseídas, desarman los sonidos. Las guitarras se unen, chocan, se besan entre ellas, crean un trío con el bajo mientras gimen siguiendo el tiempo que los palillos generan al pegar, de manera enfurecida, contra los platillos.
Sus caras están enrojecidas, los dientes escurriendo sangre de los labios, y los torsos, atascados. Pero los hombros se mueven en círculos psicodélicos y las piernas se abren y permiten que su fuerte sed musical sea saciada.

Jardin

Se escucha el correr del agua y agudos cantos de pájaros. Se ven ramas y hojas balancearse. El sol me da calor, y las sombras estáticas de los bancos, frío. Me encuentro en el límite de las sensaciones. En el horizonte que separa la calida arena del mar helado. En la fina línea que divide el brillante pasto, del barro, y la que pone fin a ese verde natural que se enfrenta al cemento hirviendo.
Mimetizada bajo todos los colores en uno, a través de cada sonido y textura, respiro. Siento que soy parte de la pérgola. Las sogas ven todo, desde arriba y desde cada perspectiva, cercanas al celeste infinito, y rodeadas de aire, respiran.

2.9.09

{...}

Cuando canto el mundo desaparece. Siento que mi cuerpo no existe, escucho como las paredes son demolidas y lo que roza mi voz es el viento: a veces poderoso y arrasador, también sereno, pacifico, puro, y quizás hasta inexistente.
Me olvido de quien soy, de cómo es mi cuerpo, de la posición de mis manos, de las expresiones en mi cara, de las personas encontradas frente a mí, de aquellas que me escuchan a lo lejos, y de las que me putean.
Pero no soy egoísta, sino que vivo para vivir. El canto es una las pocas cosas (será que no quiero aceptar el hecho de que realmente es la única) en la que me siento segura. Me apasiona y envuelve por completo. Nose si me subestimo o sobrestimo, si mi profesor es conciente de que analizo cada una de sus palabras cuando dice “podes dar mas”, “relájate”, “te salio bien”, o “no te estas esforzando”.
De todas maneras creo en el canto, en las letras de las canciones, en las melodías talentosas y no comerciales, en el trabajo por el goce aunque lucrativo, en la sensación que nace, brota y se apodera de mí. En el dulce dolor de creer que soy incapaz de mejorar. Eso me desespera y motiva a seguir. Por suerte la perfección no existe. Por suerte el cantar me brinda eso.

Escribir para no ser leido

Reviví un pensamiento: escribir sin ataduras. No pensar en que opinarán aquellos que lean el relato, ni pensar en si habrá alguien que lo lea, en si existe acaso el lector. Escribir de manera libre, sincera, sin vueltas, y si la mas minima idea y deseo de saber como el mismo relato será.

1.8.09

Borderline?


F: y en un momento te agarro la ortivez
K: solo un momento..momentito, desp paso
F: y que onda?
K: q?
F: si pene
K: PERDONNNNNNNNNN
F: no
F: perdon las bolas
K: bueno, q respondo entonces?
F: pero que onda con eso
F: porque de repente puteas
F: y despues sos capa

K: mambito dando vueltas
F: y que culpa yo
K: ninguna
K: por eso perdon
K: o lo q quieras
K: nose, justo estabas ahi, y me saque, sory

F: no, perdon no,
F: porque seguro lo vas a volver a hacer
F: y vas a pedir perdon
F: y asi no es
K: seguro q si, pero intento, nose, venia bastante bien, pero se me cruzo
K: tengo q volver a la psicologa creo..

F: no creo mucho en los psico...

21.7.09

Individualidad Impersonal

Se dice que Dios, o cualquier ser supremo de alguna de las tantas religiones, ya trazó nuestro destino, el camino de nuestra vida; entonces: cual es el grado de espontaneidad que nuestro paso por la Tierra puede llegar a tener?
Sí, las decisiones y acciones son eligidas por uno mismo. Sin embargo, todas ellas derivan de nuestra relación en base a algo o a alguien; por lo tanto, en el único lugar donde encontramos originalidad, ahora vemos ciertas imperfecciones. Lo que pensamos, lo que decimos, la manera en que vemos y sentimos las cosas… todo esta conectado con vidas anteriores y actuales que modelan lo que somos.

Existe la pura individualidad, a caso parcial? De hecho, se la puede medir o graduar de alguna forma?
Hasta estos mismos pensamientos fueron tratados por otros...

2.7.09

Mediocridad y Goce

Ciudades fantasmas y bufandas actuando como mascaraseso es lo que pasa hoy. Como parte de esto mi facultad entre otras, ha cerrado sus puertas.

Vuelvo a mi ciudad de siempre, a esas calles silenciosas, rostros conocidos, árboles meciéndose y toneladas de ojas cubriendo las veredas. Allí todo es paz, serenidad, relajación. Almuerzos con largas conversaciones, siestas de tres horas, tardes con gente conocida, cenas acompañadas de una película, y para finalizar el día, una cerveza bien fría rodeada de voces tenues. Así es allí, así debo ser yo. Volver a acostumbrarme a ese estilo de vida no es difícil…

Pero al entregarme perderé mi espacio, esa independencia que tanto quiero y disfruto: mis duchas eternas, bailar por mi departamento semidesnuda, comer cualquier cosa a cualquier hora, fumar donde quiera o cantar mientras muestro adoración a mis cuadros.

Eso es lo que perderé y entregaré esta vez, para ser parte de ese tipo de vida en la que uno se amolda a lo más mediocre y gozoso que existe.

23.6.09

Caminando a ciegas, Viajando despierta

Día tranquilo: poca acción mental y física. Aun así, las ganas terribles de llegar a casa para andar descalza, comer algo y relajarme en mi cuarto, hacen que camine-corra hacia el subte, el cual me queda a tres cuadras…no tengo nada que me apure, solo la costumbre de la vida acelerada q todos llevan, y yo no soy excepción.
Paso la tarjeta y de manera desesperada mis manos inspeccionan cada rincón del morral, que a causa de la velocidad de mis pies al bajar las escaleras, parece tomar vuelo. Mis dedos sondean la música, encuentran el mp4 y recién ahí, mis pulmones vuelven a llenarse de aire.
Para que apurar cuando puedo caminar, explorar el lugar o dejar que mi cara disfrute (aunque estemos en días bastante fríos) de esas brisas que surgen en lapsos espaciados, pero parecen nutrir mi piel
?
Por qué, haciendo esta critica, es que no cambio algo tan simple
?

Sin embargo, me tomo el tiempo de analizar los detalles de la cotidianeidad cuando me encuentro definitivamente dentro del subte. Miradas se cruzan y dialogan entre pestañeos diciendo que el cuerpo esta reventado, los oídos aturdidos y la cabeza quemada.
Si vivimos como maquinas, corriendo de un lado a otro porque sentimos que el tiempo jamás alcanzará para hacer todo lo debemos; y vemos cada parte de la vida como un tramite mas…estamos perdidos.
Podemos soportar la rutina y todas las molestias que ella acarrea. Esos gestos de intolerancia, impaciencia, agotamiento y aburrimiento, deben ser abandonados para poder focalizar nuestras mentes en lo que es verdaderamente importante, en aquello que nos motiva a seguir vivos.

15.6.09

HHH

Quiero meterme en otro cuerpo y ver desde afuera lo que soy o parezco ser.
Las sensaciones y pensamientos dejan de ser cuando se las nombra, se las explica, se les intenta dar vida. La necesidad de transmitir fielmente lo que vivimos es irrealizable: el significado de la palabra muere en el momento en que usamos su designación creyendo que los demás entenderán lo que queremos expresar.
Y aún así, escribimos, cantamos.
Quizás al plasmar las ideas en una hoja, al dar melodía a par de versos, es que sentimos posible el deseo de translucir gran parte de lo que tenemos dentro de nuestras mentes.

10.6.09

Los de la Calle

Viaje de aproximadamente una hora para realizar la combinación de subte D y C, y llegar a Constitución. Caminé unas 6 cuadras y me topé con una edificación cubierta completamente de graffiti y vivos colores.
Toque el timbre al lado de la puerta de chapa violeta y me atendieron: una chica simpática y de rulos preguntó mi nombre e intención de visita al lugar. Le contesté, pero mis palabras no tuvieron sonido: los chicos recién desayunados corrían y gritaban entre los pasillos.
Subí las escaleras observando cada uno de mis pasos hasta que levanté la mirada y encontré jóvenes desesperados por recibir ropa limpia y nueva para ellos. Otro acababa de ducharse, con gran sonrisa y pelo húmedo pidió crema de enjuague para ‘ponerse fachero’, mientras acomodaba el cuello de su camina en señal de orgullo por su apariencia exterior.
Las paredes despintadas y pisos en mal estado no parecían ser considerados por los habitantes del lugar. Sus caras irradiaban asombro, relajación y un sentimiento de pertenecer a algo que hace que sus vidas tomen un poco de color.
Se abre una puerta. Aparece Gutiérrez, con vestimenta y modo informal dejando que su voz pacifica escapara de su barba y bigote exuberantes. Nos saludamos y recorremos la mas angosta escalera que vi hasta el día de hoy. Llegamos a su ‘oficina’: un espacio de 2x2, con 5 sillas de madrea, estantes con cajas, un tacho diminuto y una mesa casi inexistente soportando sólo una carpeta con pocos folios, una lapicera y un cenicero con un porro consumido a medio camino.
Nos sentamos y comenzó la charla. Gutiérrez explicó que la tarea que se realiza en el establecimiento demanda un importantísimo compromiso, gran exigencia y por sobre todo, “te absorbe mucho la cabeza”. “Tenemos una constancia en supervivencia, lucha y trabajo” dijo con mucha entereza. Hace doce años que está aquí y cinco como vicedirector. 28 personas son las que aportan su formación, capacitación, experiencia e intachable vocación; obteniendo salarios bajos, trabajando a su vez en otras esferas, recibiendo agresiones verbales y/o físicas pero también, abrazos, deseos, confidencias y sonrisas.




Gutiérrez es el vice-director de CAINA (Centro Integral de la Niñez y Adolescencia), que asiste a chicos de la calle que traen consigo vivencias horrorosas como violaciones, abusos de la policía, poca contención familiar, adicciones, intervenciones, frío y hambre.

CAINA les da:
Desayuno, almuerzo y merienda; ropa y duchas
Talleres y actividades recreativas que despejan las situaciones de vulnerabilidad que viven, devolviéndoles parte de su infancia perdida
Ayuda psicológica y jurídica
Contención, dedicación y afecto

Aquellos chicos que la sociedad margina, son los que buscan una salida a la vida. Voluntariamente ingresan al CAINA, y con gran esfuerzo dejan los temores que acarrean para abrirse hacia personas con un enorme deseo de aportar todo de si, por ellos. Por los Chicos de la Calle.


8.6.09

Mi lugar es Otro

Dice que soy desagradecida, que no valoro nada, que sólo sé tirar mala onda, que me cago en mi familia.
Ellos viven allá, yo acá. Mi vida está acá, mis cosas, mis intereses, mi facultad, mis amigos, todo…menos ellos.

Los veo de vez en cuando, fines de semana largos y algún que otro finge ‘común’. Pero no puedo vivir viajando, necesito sentirme parte de un lugar y mi lugar hoy, es este.
Claro que los quiero, mi familia es todo para mí. Mas allá de ciertas discusiones, la gran mayoría de los días los disfruto: cada uno de mis hermanos tiene ‘esa cosa’ que los distingue: ciertas imperfecciones y también cualidades, todas ellas logran un balance interesante en el grupo. Aun así, con todo ese amor que se vive, mi lugar es otro.
Estoy feliz de haberme criado ahí, sin embargo nunca me sentí completamente cómoda: Amo el anonimato que Buenos Aires me da, adoro la cultura que siempre se encuentra y la independencia que tanto disfruto.


¿Cómo hacerlos entender que mi decisión no va en contra de ellos, pero sí, orientada hacia el camino que quiero tomar, hacia eso que tanto tiempo espere?

31.5.09

Bocanada

V está en el bar de siempre, C y M a punto de entrar allí para deleitar con su música, mis amigas, cada una en su casa, y yo en la mía.
Salgo camino al bar ajustando mi bufanda al cuello, suelto mi pelo mientras fumo, y al ver el humo que mi boca despide miro a través él. Pasos hacia la bocanada:

- Cambia la forma en que nuestros labios descansan, milímetros se dilatan para permitir el ingreso de ese cilindro maravilloso que tanto placer proporciona
- Succionamos, presionándolo, mientras sentimos parte de él, de lo que nos brinda, orbitando dentro nuestro.
- Esa dulce sensación se propaga en todo el cuerpo y ansiamos mas
- Aplazamos su salida, pero frente al deseo de abandonar una de nuestras entradas, nuestros labios tristemente se alivian y lo dejan ir
- Finalmente nos complacemos al ver la efusión, al verlo acabar

Entonces pienso:
¿Voy al bar para ver a C y M tocar? ¿O me voy con V, para disfrutar de una Bocanada?


Mejor hago las dos cosas y me beneficio de dos placeres distintos, pero maravillosos en la misma medida.

28.5.09

Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos

DIOS! Como amo esta peli

este tema (Lost de Vast) es Genial

http://www.youtube.com/watch?v=zpiQtw1Z84g

27.5.09

Items de creencias??

No entiendo por qué todos se cuestionan SIEMPRE sobre mis opiniones a cerca de lo que para mí, es humano.

¿Por qué resulta tan difícil asimilar la idea de que esta perfecto permitirnos esos lapsos, a caso días, en los que sentimos que todo es una mierda, o que nada esta a nuestro alcance?
Creo que al haber experimentado esa sensación, es que podemos disfrutar de las cosas buenas que vivimos. Si no tenemos noción de lo que es pasarla mal es imposible saber lo que es estar bien con uno mismo y el mundo. Asíque, dale, ponete triste, putea, tira todo a la mierda, que eso esta totalmente aceptado!

Sostengo que cada persona aparece en la vida de uno en el tiempo y momento indicado. Nada, nada es casualidad.

Sí, muchas veces nos queremos matar cuando aquellos seres a los que hemos odiado o amado descontroladamente, brotan de la nada y se sumergen en nuestra vida. En ese mar que parecía estar tan calmo ,de un segundo a otro, olas de 7 metros dan la impresión de chocar con nuestras cabezas y provocarnos la muerte al sentirnos ahogados.
Hay personas hijas de putas que nos cagan la vida. Y aunque parezca contradictorio, a ellas les debemos algo. Si, esas mierditas lograron que nuestras mentes carburen de otra manera, ellas nos expusieron a situaciones límite, permitiendo que viéramos hasta donde somos capaces de soportar, perdonar, aceptar y dejar atrás ciertas cosas. Por lo tanto, muchísimas gracias P, me cagaste la vida y así, me conocí aun mas y hoy, estoy feliz de ser como soy.

Sin complicaciones, la vida es aburrida

Cuando todo es monótono, predecible, la electricidad de la vida se diluye.
¿Hay alguien que desee vivir siempre igual? Dios! Los líos, las peleas, las decepciones, hacen que cada mañana al despertarnos, nuestro día tenga un propósito (e infinitas puteadas). Si todo esta felizmente concretado, si no hay un hueco en nuestra vida, un sentimiento de vacío…que sentido tiene estar vivo? Ese agujero que sentimos, hace que nuestro cuerpo se mueva, motiva a que nuestra cabeza funcione, y por sobre todo, permite que nazca el deseo de progresar, de alcanzar algo, de lograr.

Cuanto más queremos a alguien, el odio latente es aun más fuerte

Sí, te quise, te ame, y cuando me di cuenta de esto, te odie. La razón es simple. Al querer tanto a alguien uno da todo lo que puede, y más. Uno saca energía de donde no hay, explora aquello que jamás hubiese tocado, llora más de lo que creía permitirse y pierde de sí, más de lo que creía tener. Triste pero real. Cuando te tuve a mi lado hice todo por vos, tanto, que desaparecí. Un segundo con vos era lo más sagrado que podía pasarme en el día. Y por eso es que deje mi arte, abandone a mis amigos, y te coloque sobre un pedestal. Te tenía tal alto que creí jamás alcanzarte, y así fue como me entregue todo de mi, tanto, que me perdí.
Lo que me ofreces no es lo que necesito
Lo que tenes para darme, no me hace bien
A veces el querer a alguien no es suficiente

26.5.09

Dame el tuyo, Toma el mio

Escrito por Gabriela Wiener (y Cía.) No. 14 . Revista Etiqueta Negra

Esta noche me dispongo a ser infiel con permiso de mi marido. La puerta del 6&9 es tan discreta que nos hemos pasado de largo dos veces. Llevo encima un abrigo para camuflar mi look temerario y tres tragos de cerveza. J lleva una barba de cuatro días: lo veo tan guapo y tan mío que no puedo imaginar que en unos minutos se irá a la cama con alguien que no soy yo. Hay que tocar el intercomunicador. Deben estar viéndonos por una cámara. Nos abre un sujeto pigmeo y con cara de aburrido que dice que la entrada doble cuesta treinta y cinco euros. Vengan por aquí. Toman la posta dos mujeres atractivas, las relacionistas públicas (digamos lúbricas) del lugar. ¿Qué queremos beber? Estamos ante una barra larga y desierta. Somos los primeros, maldita sea. Son las once de la noche de un jueves en Barcelona. En el televisor sobre la barra se ve una película porno en la que un camionero la emprende contra una rubia quebradiza. ¿Es la primera vez? Sí. Vengan conmigo, nos repite una de las anfitrionas de hoy, con acento sevillano. Es menuda, lleva el cabello ondulado y unas botas hasta las rodillas parecidas a las mías. No es una anfitriona más: es la dueña del 6&9. Conoció a su novio por un aviso publicado en una revista swinger, se enamoraron y abrieron juntos este local para intercambio de parejas que ya tiene más de cinco años.
Esta noche es una promesa intergeneracional, multirracial y multiorgásmica. A diferencia de otro club como el Limousine, que se repleta de adinerados sesentones cuesta abajo, el 6&9 es popular por su buena disposición para recibir a jóvenes de clase media que todavía no veo por ninguna parte. En mi encuesta previa lo habían calificado además de «higiénico», un tema que yo había soslayado inicialmente por mi creencia de que el sexo es sucio sólo si se hace bien, pero que terminó siendo un punto a favor del 6&9 cuando decidimos venir. Seguimos a la anfitriona sevillana en un recorrido relámpago que tiene por finalidad describirnos el lugar y explicarnos las reglas del juego. Dejamos atrás el bar. Ésta es la sala del calentamiento, dice ella: aquí podéis bailar una pieza o echar un vistazo a la porno mientras bebéis algo. Bajamos las escaleras hacia un sótano que es la versión erótica de la caverna de Platón o, a lo mejor, la cueva donde se divierte una pandilla de antropófagos. A partir de aquí sólo se puede pasear como se vino al mundo. La llave para los casilleros se pide en la barra y luego aparece el impresionante escenario del escarceo: los treinta metros de cama en forma de ele que los fines de semana hacen crujir hasta cincuenta parejas a la vez, pero que a esta hora aún luce vacante. Justo enfrente, un dispensador de preservativos. A la derecha de los camerinos, el jacuzzi, y más allá las duchas para parejas y el cuarto oscuro, una especie de minidiscoteca nudista.
–Si no queréis nada con alguna persona basta con tocarle el hombro.
Ésta es la contraseña del 6&9. Cada club recomienda a los clientes una manera delicada de informar a los demás cuáles son tus límites.
–¿Y para qué es esta habitación? –pregunto.
–Es la habitación de las orgías. Aquí vale todo.
No me froto las manos, no trago saliva. Sólo miro de reojo a J con un signo de interrogación en la cabeza. Esto recién comienza.
Llevo aquí una hora y lo único que he intercambiado son cigarrillos. Se supone que deberíamos intentar ligar con otros swingers menos tímidos que nosotros, pero por ahora no atinamos más que a mirar. Me había pasado toda la tarde preparándome como una novia para su boda y seguir al pie de la letra las instrucciones del anuncio del 6&9: «Chicas, por favor, con ropa sexy». Me ceñí una súper minifalda negra con pliegues, cortesía de mi mejor amiga, una ex sadomasoquista. Me puse una blusa escotada del mismo color y unas botas altas que hacían ver apetecibles mis muslos flacos. Opté por la depilación total. Se la enseñé a J. Me dio la impresión de que al ver lo explícito de mis argumentos, él recién se tomó en serio adónde íbamos y para qué. La gente suele venir a un club swinger para no mentir. Había leído en la web de la North American Swing Clubs Association (Nasca) que el propósito swinger más elevado consiste en que, al relacionarte genitalmente con otras parejas bajo la atenta mirada de tu consorte, evitas sucumbir al sexo extramarital y al engaño. Según la misma asociación, más de la mitad de matrimonios comunes practica la infidelidad secreta. Nada, entonces, como los honestos swingers. Me intriga esta aventura conjunta, esta libertad sexual que surge del consenso, este adulterio vigilado.
Nunca habíamos pisado un club como éste, pero a J y a mí podrían considerarnos como una pareja liberal. Más por mí que por él. Me explico: mi primera vez fue a los dieciséis años (nada raro). A la misma edad, tuve mi primer trío (con un novio y una amiga) y mi primer trío con dos hombres completamente extraños (y con aquel antiguo novio de testigo). No es ningún récord, lo sé, pero es suficiente para que los liberales con membresía no me miren tan por encima del hombro. Con cinco años juntos, J y yo contamos entre nuestras experiencias liberales con un intercambio frustrado y varios tríos, aunque siempre con una tercera mujer. En cuanto a los celos, tema superado para los swingers, para mí siempre han tenido que ver con el amor o con la fascinación. Si él se enamora de otra o se fascina por alguien, me pongo celosa. Los celos para él pasan por el sexo: si otro hombre me toca, le rompe la cara.
Antes de venir, J mostraba una buena actitud y parecía tomar nuestra incursión swinger como una saludable aventura. Estaba dispuesto a dar el gran paso, o sea, dejarme llegar todo lo lejos que me propusiera, aunque prefería no decirlo con todas sus letras. Para mí, nuestro swinger-viaje era más un ajuste de cuentas (ver tríos sólo con mujeres en el párrafo anterior), pero a pesar de que confiaba en la buena fe de J, tenía miedo de un arrepentimiento de último minuto. Nunca puedes estar seguro de cuán liberal eres de verdad hasta que te encuentras al lado de parejas profesionales de la libertad y el exceso. Según el decálogo swinger, los arrepentimientos a medio camino se dan entre parejas inmaduras que no tienen la mente abierta ni los sentimientos claros. Lo que es un insulto para una dupla que se precie de moderna.
Estábamos tranquilos y esperanzados en poder cumplir esta máxima swinger: una actitud liberal se basa en la confianza mutua entre los miembros de la pareja. Un voto de confianza suficiente como para prestar a tu esposo a tus amigas de una noche. Porque un buen swinger es generoso con los compañeros liberales, pero sólo ama a la mano que le da de comer. Se zurra en el noveno mandamiento, pero vuelve a dormir a su casa. Lleva condones a las fiestas de fin de semana, pero permanece fiel todos los días de su vida hasta que la muerte los separe. Siempre he creído en mi capacidad de compartir y sobre todo en mi capacidad de usufructuar. Pero ahora, sentada en esta barra del 6&9, empiezo a preocuparme. Todavía no hemos sido más que tímidos voyeuristas. Veo al fondo del pasillo a un par de jóvenes con los que haríamos buena pareja. Había leído que la mejor estrategia para ligar en estos sitios es que las mujeres tomen la iniciativa. Al fin me decido. Cruzaré los metros que nos separan y me presentaré diciendo alguna genialidad como: «Qué tal, ¿por qué tan solitos?».
Por suerte llega nuestra anfitriona. Al notar nuestras caras de perdedores se ofrece a conseguirnos una pareja. Hacer el papel de celestina entre los swingers novatos está incluido en el servicio del 6&9. Miro hacia donde estaban mis primeros candidatos: se han ido. Muchas parejas, antes de ir al punto, prefieren empezar bebiendo unas copas mientras van descubriendo quién es quién. Es un signo más del refinamiento de estos leales y nobles heterosexuales, además de divertidos. Pero aceptar la ayuda de una celestina en minifalda no sólo sería grosero, sino también una prueba de que nuestra timidez nos ha derrotado. Ya es la medianoche. Unas treinta parejas se han acomodado en la sala de los ligues. Sólo los «martes y miércoles de tríos» se permite que ingresen hombres solos. Ahora todos están tomados de las manos en algún sofá, diciéndose secretos al oído. Las mujeres visten minifaldas y los hombres, camisas bien planchadas y están bien afeitados. Casi no hay grupos. A esta hora es evidente que algunos no sólo vienen a ligar, sino a enrostrar su mercadería a los demás y también a montar su propia película porno. Están las parejas retraídas y acobardadas, las escrupulosas que miran de arriba abajo a cada tipa y tipo que atraviesa la puerta, y las libidinosas que te desvisten con los ojos y te llevan mentalmente a la cama. Otras vienen simplemente a mirar, quizá porque no les queda más alternativa. Hoy, está claro, yo no sólo quiero mirar.

Hay quienes creen que los swingers están pasando de moda en Europa y en Estados Unidos porque a la gente le gusta más comprar que intercambiar. Prefieren gastarse el dinero de sus vacaciones haciendo turismo sexual, dejarse de cortejos y rodeos y pagar por una prostituta o un prostituto en lugar de ofrendar algo, digamos, tan tuyo. No recuerdo quién decía que el sexo es una de las cosas más bonitas, naturales y gratificantes que uno puede comprar. Los swingers podrían confundirse, así, con personas generosas y desinteresadas que no compran ni venden nada. A mí nunca me gustó intercambiar: siempre he tenido arrebatos de generosidad, egoísmos repentinos, ingratitudes y pequeños robos. Esta noche me siento preparada para que me paguen con la misma moneda. O con un poco menos. Porque la premura del intercambio no da tiempo para mostrar tus garantías, y esta pretendida equidad swinger puede acabar en injusticia. Miro a mi alrededor y sé que en este supermercado de cuerpos todos corremos siempre el peligro de llevarnos gato por liebre.
Pero, por lo que veo, el intercambio sólo consiste hasta ahora en altas dosis de caricias, exhibición y harto voyeurismo. Demasiado entusiasmo y nada de acción. En verdad pocas veces se llega hasta el final: digamos, a la cópula cruzada. Aun así, la transacción se pretende lo más justa posible. Si esta noche alguien se me acerca con intenciones de prestarme a su esposo, yo estaré obligada a prestarle el mío. Ni más ni menos. Pero la utopía comunista de Marx no es posible en el 6&9. El trueque siempre es engañoso: demasiado primitivo para nuestra mentalidad moderna. Nos sentimos ridículos y eso que aún estamos vestidos. La mayoría empieza a ser sospechosamente cariñosa con su pareja, salvo los de la mesa de al lado: un cuarteto de intelectuales fashion que parecen haber llegado juntos y, a juzgar por su conversación sobre el parlamento europeo, manejan bien la situación. Las otras parejas estacionadas en la sala de los ligues seguimos incomunicadas, mirándonos con el rabillo del ojo y preguntándonos si somos dignos de ellas o si ellas son dignas de nosotros. Empiezo a tenerle miedo a esta entidad abstracta llamada pareja swinger.
La tensión es tal que J y yo no tenemos ganas ni de besarnos. El esnobismo de ser swinger me está matando. Quiero refugiarme en el amor. Pero justo en medio de este trance existencial comienzan las olas migratorias hacia la zona nudista, el territorio del trueque. J y yo intercambiamos una última mirada cómplice antes de cometer el crimen. Bajamos a toda velocidad las escaleras que conducen hacia los casilleros del sótano. Vamos al encuentro de la terapia de choque. A juzgar por los vapores y los gritos, Lucifer debe vivir en las profundidades del jacuzzi del 6&9.
Primera vacilación de la noche: quitarse la ropa en medio de un iluminado pasillo, junto a dos «adultos mayores» mofletudos y en pelotas. Los abuelos, sin embargo, ni nos miran, y sus cuerpos, que ya han vivido el apogeo y la caída del imperio de los sentidos, desaparecen en la oscuridad. Optamos por copiar a los conservadores y nos envolvemos con unas toallas blancas. Todos nos miran. La gente tiene debilidad por las novedades. Paseamos por el lugar. En la súper cama de treinta metros, unas diez parejas se besan y acarician: algunas con sobrada calma y otras que parecen acercarse ruidosamente al clímax. Me decepciona no encontrar sexo en grupo por ninguna parte. Como recién llegados no podemos saber si los que ya están en la cama son el producto de varios intercambios discretos. Quizá ninguna de las parejas que se revuelcan en el lecho colectivo sea la original. Una breve ojeada alrededor nos avisa que la diversión parece estar en una cueva contigua, aislada por unas cortinas estampadas de penes azules. Ocho parejas en toallas bailan en la penumbra mientras la temperatura sube sin control. Se entregan al juego, aunque todavía no intercambian nada. Yo también me entrego.
Segunda vacilación de la noche: tener sexo delante de tanta gente. Me pregunto si estoy lista. Pero mi impaciencia estalla y se me despierta una especie de espíritu competitivo. Al ver que los demás se manosean, decido desmarcarme y regalarle a J unos minutos de sexo oral casero y devoto, escudada en la oscuridad, pero conciente del exhibicionismo de mi arrebato. Los demás se acercan a mirarnos y siguen nuestro ejemplo. Siempre quise ser una agitadora sexual y éste es sin duda mi cuarto de hora. J toma mi iniciativa con gusto. Las toallas se deslizan a nuestros pies.
Esta bienvenida a Swingerlandia ha estado bien para mí. Siento que he ganado algo de protagonismo y que el grupo se ha soltado gracias a mi buena acción. O al menos es mi fantasía. Comienzo a vivirla: creo que los compañeros han empezado a mirarme lujuriosamente. Creo que ha comenzado a tocarme un pulpo precioso. Creo que estoy en los brazos de un sujeto calvo. Su mujer se me planta al frente y empieza ese bailecito lésbico de videoclip que tanto les gusta a los chicos. La sigo, qué más da. Es guapa y muy delgada, suda y, para ser sinceros, tiene una cara de loca o de haberse metido éxtasis. Yo ni siquiera estoy borracha. Todos nos tocan y nos empujan suavemente a una contra la otra. La ola del deseo se propaga. ¿Pero quién es éste que no me suelta las tetas? ¿Es otra vez el calvo o es otro? Imposible saberlo.
En un segundo busco a J y lo veo con la chica éxtasis, también manoseando a su antojo. Siento un ligero escozor, pero nada serio. Imagino que él debe estar igual o peor. Me alivia saber que también se divierte y no se preocupa por mí, o al menos que lo finge muy bien. Sigo yendo de mano en mano, descubro que me gusta sentirme así, que nadie sepa quién soy, abandonarme a los caprichos de algo que está más allá de mi conciencia. Empiezo un juego solitario que consiste en toquetear con insolencia a las parejas que no se han integrado, lo que me hace saber que estoy excitadísima. Me miran mal y casi me hacen despertar de mi fantasía. Quizá estoy violando una regla swinger sin darme cuenta. No distingo entre los cuerpos anónimos a J. Me angustio, me hago la idea de que lo he perdido, si no para siempre, al menos por un buen rato. Pero entonces una mano penetra entre las ridículas cortinas y me jala hacia afuera.
He hablado con más de media docena de parejas swingers esta noche y todas defienden su opción como un antídoto contra el virus de la infidelidad. Juran que es una novísima forma de sexualidad, capaz de salvar matrimonios agónicos o al menos de estirarlos. Muchos no son otra cosa que versiones recicladas de aquellos cornudos y cornudas voluntarios de la década del setenta (o sus hijos) que consagraron el amor libre y el sexo extramarital. Devotos de la consabida frase: «La fidelidad es el falso dios del matrimonio». Creyentes de que su iconoclasta vida de pareja se enriquecerá sacando una que otra vez los pies del plato. Swinger significa «algo que oscila» y alude a esa facilidad humana para viajar de cama en cama. Define al tipo de persona que renuncia a hacerse de la vista gorda, que reniega de la doble moral y se atreve a actualizar sus máximos delirios con otras personas, aunque dejando que el amor sea el único campo minado para los intrusos. Pero esta regla también se viola a cada instante y algunos confiesan haberse enganchado alguna vez con la pareja de otro e incluso haberse visto a escondidas con ella. Hay casos graves de incumplimiento de contrato que se convierten en matrimonios de cuatro.
Georges Bataille decía que es un error pensar que el matrimonio poco tiene que ver con el erotismo sólo porque es el territorio convencional de la sexualidad lícita. Lo prohibido excita más, eso se sabe, pero los cuerpos tienden a comprenderse mejor a la larga: si la unión es furtiva, el placer no puede organizarse y es esquivo. Imagino que los swingers no le darían crédito al francés Bataille cuando además escribió: «El gusto por el cambio es enfermizo y sólo conduce a la frustración renovada. El hábito tiene el poder de profundizar lo que la impaciencia no reconoce». Para la mentalidad swinger, un matrimonio es impensable sin fiestas, sin orgías, sin una visita eventual a un club de intercambio. Yo imaginaba que éste sería un templo de sofisticación y placer al estilo de Eyes Wide Shut, la última película de Kubrick. Pero lo que ocurre dentro de un club swinger no se parece tanto a esas escenas de glamour y lujuria que la gente suele imaginar desde afuera. Para empezar, está lleno de panzones sudorosos y mujeres con siliconas. Tampoco es esa utopía de la paridad que quieren vender los políticos swingers: un mundo repleto de gente con fantasías para compartir y cuyo fin es reducir los índices de divorcios. Lo que dicen las cifras es que los divorcios son más comunes entre parejas liberales. ¿Y? A los swingers esto no parece importarles.
La mano que me jalaba era la de J, por cierto. Tras la virulencia del cuarto oscuro, ahora lo sigo hasta la súper cama en forma de ele. Queremos un momento de paz e intimidad. Comenzamos a acariciarnos, pero yo estoy desconcentrada. J, en cambio, ya está encima de mí, muy dispuesto. Le pregunto qué tal. Más o menos: no le gustó que la chica del éxtasis lo tocara con modales de actriz porno. Me sorprende mi éxito, le digo un poco presumida, y le susurro palabras al oído.
–¿Tuviste celos? ¿Tuviste ganas de matar?
–¿Tú qué crees? Me daban vértigos.
–Pero, ¿rico?
–…
–¿Rico verme con otro?
–No, francamente espantoso. Mejor si puedo evitarlo el resto de mi vida.
Yo le diré lo de siempre: verlo con otra me excita tanto como me duele. Hacemos el amor. Sin querer nos estamos comportando como unos swingers: nos han estimulado extramaritalmente y procedemos a consumar el sexo conyugalmente. De vez en cuando volteo a la derecha y a la izquierda, atenta a nuestros compañeros de cama. A la derecha hay una pareja de chicos que no llegan a los veinticinco años. Ella es tan morena que no parece de aquí. Él le practica un sexo oral con evidentes muestras de torpeza. Ahora hacia la izquierda: una pareja mayor, ambos muy gordos, me hace pensar en el peso de la costumbre. Ella está encima y no pierde su ritmo eficaz hasta que se viene. No sé si sentir pena o alegría por la evolución: a la larga llega el conocimiento, el declive. Y ese gesto lúdico e intrascendente que anhela hacer renacer una excitación ¿perdida? con experiencias nuevas es nuestra caricatura. Pero J entra y sale con una especie de furia tardía, y entonces mis cavilaciones se extinguen en un orgasmo larguísimo.
Entramos en receso, nos damos una ducha fría y salimos hacia la calefacción. En la sala conocemos a una pareja muy simpática. Él es transportista y ella, enfermera. J me dice que la mujer le recuerda a su profesora de matemáticas. Tiene gafas y unas tetas enormes. Me parece una bonita fantasía hacerlo con tu profe de mate. Ya dije que no soy celosa, aunque su marido se parece al Hombre Galleta. Es casi enano, corpulento y tiene el rostro rugoso. Ambos son dulces. Los cuatro nos hemos sumergido en el jacuzzi y la estamos pasando bien.
Tercera vacilación de la noche: hacerlo con la primera pareja poco atractiva que te dirige la palabra. Estamos ante un caso muy común dentro de este mundillo: uno de los miembros de una pareja (J) se interesa por un integrante de la otra pareja (profesora de matemática con tetas), mientras el otro elemento (yo) sigue pensando en que mejor sería volver a encontrar al calvo y a la loca del éxtasis y acabar lo empezado. En estos casos es mejor abortar el plan, recomiendan los expertos: un club swinger podría convertirse en el Club de la Pelea.
Ni lo sueñes, le digo a J cuando al fin nos quedamos solos. La pareja se ha ido a bailar al cuarto oscuro, de seguro creyendo que iríamos tras ellos. No me gusta el Hombre Galleta, el marido de la profesora, qué puedo hacer, aunque me decepciona no ser tan democrática como pensaba. Huimos de manera cobarde hacia la habitación de las orgías, un buen lugar para esconderse. Siguiendo nuestro atrofiado instinto swinger, llegamos por fin a lo que parece ser un intercambio de parejas con todas las de la ley. Hay unos espejos frente a una cama más pequeña que la de afuera, y allí se desparraman varios cuerpos jadeantes. En este punto sería muy complicado tratar de saber de quién es qué. El eufemismo pareja ya no tiene ningún sentido. No hay forma de individualizar, son una gran entidad: podría tratarse de Lengualarga, esa diablesa hindú con vaginas en todas sus extremidades, que está haciendo el amor con el nieto del dios Indra, aquel ser que tiene igual cantidad de penes. Los gemidos nos dicen que hemos llegado tarde, pero igual intentamos participar. Dos parejas muy hermosas parecen divertirse de lo lindo muy cerca de nosotros.
Cuarta vacilación de la noche: quizá sea una orgía privada a la que no estamos invitados. Una mujer que podríamos llamar la Yegua –poseedora de una gran energía sexual según mi Kamasutra de bolsillo– está masturbando a un tipo mientras otro la penetra. Ambos se detienen, tienen fuerzas para levantarse de la cama y ponerla contra la pared. La acometida es vibrante, hay un componente bestial en todo esto. La Yegua grita. Nosotros somos mudos observadores de las maravillas de la naturaleza, pero sobre todo de las maravillas de la cultura. Esta escena se trae abajo otro mito del mundillo liberal swinger: el de la igualdad de oportunidades. Aquí, como en el mundo real, sólo tienen éxito los que son hermosos y sensuales, los que van al gimnasio y se operan. Los que no, tienen que resignarse al onanismo. La competencia puede ser descarnadamente desleal.
Mira quiénes vienen por allá, me dice J. Vemos que están entrando la profesora de matemáticas y su marido, el Hombre Galleta, y rápidamente ocupan su lugar al lado de nosotros. Ella empieza a hacerle un fellatio y, una vez que logra su objetivo, se inserta dentro de él bamboleando sus supertetas y lo cabalga suavemente. J estira sus manos hacia los pechos de su profesora, mientras yo le hago un nuevo sexo oral a él. El Hombre Galleta hace uso de su derecho y estira sus manos hacia mí. Me coge los senos. Yo le cojo los senos a su mujer. Todos le agarramos las tetas a la profe. Deliberadamente monto al hombre dándole mi espalda y me quedo cara a cara con la profesora, quien a su vez recibe los embates de J desde atrás. Para este momento, el Hombre Galleta, con dos mujeres encima, ya me está masturbando con sus dedos de conductor de autobuses hasta que me vengo. Soy la única que alcanza un orgasmo. Me siento agradecida por tantas muestras de cariño desinteresado. Luego J y yo nos alejamos de ellos sin despedirnos.
Han pasado ya varios días desde que perdí mi virginidad swinger. Rebobino la película y vuelvo a viajar por un instante a ese mundo de intercambios sexuales. Veo a los desposeídos del placer siendo objeto de las multinacionales y sus tentáculos, pretendidos alquimistas del sexo que convierten lo banal en oro, que ofrecen paraísos artificiales, falsas fuentes de la eterna juventud y otros paliativos contra la infelicidad. Veo matrimonios al borde de la debacle, mujeres frígidas, adultos mayores, fármaco-dependientes, cocainómanos en última fase, buenos católicos, despojados del Viagra, eyaculadores precoces, micropenes, dictadores, impotentes, presidentes del mundo libre, clase trabajadora en general, swingers con los días contados viviendo la extinción del deseo como un infernal viaje hacia la desesperación.
Ésta es una noche de viernes en una Barcelona asfixiada de calor y J duerme con el televisor encendido en un partido de fútbol mientras yo escribo sin parar, tal vez esperando la llamada de mi amiga, la ex sadomasoquista, sintiéndome de todo menos liberal. Me regalo el privilegio de ver el mundo de los swingers y sus manjares desde la distancia: no de una distancia orgullosa, pero sí a salvo, con la tranquilidad de quien se sabe joven y amada, aunque sea con fecha de caducidad. No sé si era Aldous Huxley quien decía que es un problema descubrir un placer realmente nuevo porque siempre se quiere más. Cuando uno se lo permite en exceso se convierte en lo contrario: cada placer aloja la misma dosis de dolor. Sé que fui liberal alguna vez, pero sólo hasta que regresé del planeta de los swingers. He traicionado el voto de confidencialidad de la mafia. La última regla para un swinger es no revelar nunca lo que ocurre entre liberales del sexo. Quizá nunca lo fui.

14.5.09

999

Había posicionado todo de tal manera que cada objeto necesario estaba al alcance. Tenía su cena empaquetada, sus cigarrillos y cenicero al lado de sus manos, su guitarra a solo 15 centímetros y su café enfriándose.
La ventana estaba semiabierta, dando la posibilidad de apreciar el río, las verdes barrancas y unos cuantos edificios que dejaban que la vista sea simplemente pacifica y relajadora. Probó un trago de su café y decidió abandonarlo, tenía un gusto demasiado fuerte y el humo brindando señal de se que seguía tibio, se encontraba disperso en el ambiente personal del cuarto.
Su valija mostraba desorden dando, extrañamente, existencia al orden, debido que todo se localizaba ahí. Cambió el tipo de música que la acompañaba en la redacción de su nueva presentación. Cada una de ellas variaba según los sonidos de arpegios, rasguidos y golpes de batería la inspiraban y reflejaban la situación en la que se posicionaba. Ahora la melodía era tan relajante, calma y profunda, algo que nunca había encontrado en ninguna otra parte, que le parecía demasiado original, llenando su alma y misterio por lo que vendría; los únicos movimientos que hacia era mirar paso a paso su escritura y sonreír en dirección al ventanal, su contacto con lo que ocurría afuera.
Se introdujo un chicle de manzana, uno con una cantidad excesiva de azúcar que la asqueaba, sobretodo porque el gusto exquisito de cafeína continuaba orbitando entre sus dientes y saliva. Pero este nuevo sabor lograba que despertara del estupendo sueño de amor reinante en su habitación.
Su cuerpo había amanecido hacia ya seis horas; aunque sin dar importancia a este dato, permitió que su camisón se adhiriera a su piel. En espaciados lapsos ofrecía una mirada a sus apuntes, sabiendo que debía concentrarse por un par de minutos, pero como disponía de todo el día no les dio mucho valor y los bajo a segunda categoría de los quehaceres de hoy.
A menudo demostraba su apreciación por lo que escuchaba balanceando su cuerpo, uniéndolo a las voces y coros. La impresión de que nada tenia urgencia por ser demostrado se interpuso con su efusiva armonía interior. ¿Qué debía hacer ahora?

… y mas…
Pronto se vio a si misma. Su mirada no simulaba desilusión por alguna incomodidad, disconformidad o apasionante amor y disposición. Ella reflejaba hostilidad, tranquilidad y bienvenida. La extrema soltura se apoderaba y sigue apoderando. Eso es lo que sus manos debían escribir al descifrar el mensaje naturalmente tapado en su cabeza. Las yemas de sus dedos lo sentían todo, pues al resbalarse de las uniformes teclas lo asumían con paciencia, queriendo que su mente se diera cuenta sola.
Sin embargo, ¡¿Qué importa?! Su propósito culminó positivamente. No hay más que aclarar.

Desp

Siempre en el mismo lugar
Sin ganas de desplazar
Hacia lo bello o terrorífico


Somos arreglos temporarios,
Sin arreglo

Mas

Verdaderamente no se si el amor q sigue despierto e intacto es real. Será que este sentimiento continúa encendido por la razón por la que comenzó, o por el placer que el dolor de no tenerlo a mi lado causa?
El ver su cuerpo a lo lejos, origina en mi una inmensa pena al saber q no puedo abrazarlo; pero aun peor, es observar cada detalle de su rostro, a lo lejos, debido que resulta imposible hacerlo teniéndolo cerca, como antes. Ansío volver a recorrer las definiciones y dimensiones de su cara, como antes.

13.5.09

La Escena

Está sentada sobre una roca en el desierto, el cual solo tiene espesa y rasposa arena. Sus rodillas acarician sus labios, mientras su mirada parece ser poseída por los dedos de sus pies. Sus ojos, los cuales más de una vez fueron elogiados por ser profundos y dulcemente oscuros, pestañean intentando secar lágrimas causadas por cansancio y redención. Su pelo es lo único que da señal de vida, debido que se mueve acompañando los desniveles del viento. Sus brazos aprietan sus piernas, meciendo su cuerpo.
Siente la presencia de alguien cerca suyo. Otra vez vuelve a ocurrir. A gritos sin sonido, él ruega llamar su atención. Deja la roca a un lado y algo agotada, da unos pasos hacia adelante y un costado. Lo tiene justo enfrente suyo pero están distanciados por la altura y metros en que los dos se encuentran parados.
Agita sus brazos, su cara toma varias formas, intenta darle un mensaje, pero ella no logra entenderlo. Se esfuerza, se concentra, se enoja con ella misma por no ser capaz de deducirlo. Voltea su rostro y se deja vencer. Camina hacia la roca. Lo mira intentando que el sí pueda captar lo que ella quiere transmitir. Se
envuelve con sus brazos y murmura no poder continuar. Aunque pretenda, no lo entiende. Se desespera y sonríe. Él no le perdió la vista, le devuelve la sonrisa y simula entender lo que ocurre.
Se alejan, cada uno toma su camino. Su encuentro finaliza con una mirada mostrando felicidad y tristeza juntas. Los dos saben que están unidos y separados, que son iguales y muy distintos. Pero mas allá que cada cual tome su propio rumbo, siempre se tendrán.

Ir al Rio

Los sábados nos reunimos en el río; amamos recostarnos en el pasto y disfrutar del sol, nos relajamos bajo el árbol que guarda en sus flores nuestras angustias y deseos.
Durante la semana escribimos nuestros pensamientos en las hojas de la mente y en el encuentro los liberamos con el fluir del agua.


Lo curioso es que en ciertos días mi cara refleja alegría; por el contrario, la de Ana nunca deja de transmitir preocupación. Aunque la semana pasada la noté tranquila, estaba distinta, saltaba en la orilla mojando la punta de sus dedos, extendía sus brazos hacia el cielo y cantaba, feliz. Se movía tanto que su vestido parecía cobrar vida.
Mañana nos correspondería reencontrarnos aquí, vine al sentir la necesidad de oír el correr del agua e imaginar mis palabras sumergidas ahí.
Presiento que Ana no vendrá. Su sombrero olvidado y empapado está humedeciendo el pasto donde estoy acostada mirando el río.

Playa Invierno

Se acerca permaneciendo distante
Lo toco con los ojos, me esquiva con sus pasos
Discutimos con la mirada
Enojo
Indagación
Escape
El hielo nos rodea, la paloma vuela
Me sigue quieto
Escapo en mi mismo lugar
Agita su mano y le devuelvo el saludo
Ambos sentados sintiendo el mar helado
Agito mi mano y me devuelve el saludo
Ambos de pie observando el crepúsculo
Veo como tiembla por el frío
Ve como siento el calor del verano
Ambos estamos en Playa Invierno
Ambos escarchados por el fuego del lugar

Juan lo ignora

Llevamos años viviendo aquí. Nuestra casa, bordeada por largas ramas de viejos árboles, alojó siempre a la hija mayor de la familia. Las paredes están erosionadas por los años y los pisos desgastados por el correr de los infantes; sin embargo, jamás pierde ni perderá su belleza.
Él y yo logramos un buen equilibrio: pinto y vendo aquellos cuadros de los cuales mi alma se puede despegar; como estos pocos, la gran parte del ingreso económico no está en mis manos. Mas allá de que para algunos nuestra pareja sea dispareja, formamos un equipo que permite mantener la individualidad y la unión.
Mi lado artístico florece por las mañanas y las noches, cuando a la luz de las velas, observo el rostro descansado de Juan y el subir y bajar de su caja toráxica. Elijo la luna debido que la casa se encuentra pacífica, mi cabeza distendida, el cuerpo de Juan adueñado de la cama. Luego del amanecer, tomo mi café y agarro mis pinceles, bajo la sombra de las hojas que flamean a causa de la brisa y el disfrute del arte.
Hablamos poco: estoy siempre pensando en mis obras y en lo maravillosa que es mi vida, y él, cansado. Pero nuestros abrazos son suficientes.
Mi amor hacia él no es capaz de ser como antes. Entregué todo de mí por elección propia, un sacrificio, un dar, por la enorme devoción y felicidad…
Me alejé de mi esencia
Me perdí.
Lo amé y al amarlo lo odie.
Juan lo ignora.
Mañana se irá de aquí.

12.5.09

Pobre Leonardo

Hoy maté a Leonardo Gustov. Desde el primer día sabía que su muerte iba a llegar de mi mano sosteniendo un cuchillo. Aunque debo reconocer, mas de una vez el mango del arma fue presa de la gravedad, pues era tal el temblar de mi extremidad asesina, que el agua salada producto de la desesperación empapó el lugar.
Su cara, teñida por uno de los tantos efectos del sol, se encontraba roja como el color que toma el hierro al ser entregado a los ambiciones del fuego. Sus esferas de tono miel se perdían debido que el miedo revolvía el iris y la pupila, débil al no poder hallar luz en ese escenario negro, muy negro.
Pobre Leonardo. Él era culpable pero no lo sabía, no entendía. Preguntaba demasiado mientras lo ahorcaba; en su lugar hubiese intentado golpear a mi adversario y escapar sin destino. Pero no Leonardo, pues reflexionaba mucho y vivía demasiado.
Hoy maté a Leonardo Gustov. Él podría haberlo evitado sino fuese por su extrema sencillez y humildad. Tendría que haber descubierto la ira en mi voz, el odio en mis labios, la crueldad en mi escribir, el aborrecimiento en mis facciones.
¡Ay Leonardo, si tan solo hubieras callado! Hubiese preferido no conocerte y así, mi ropa no estaría humedeciéndose con tu sangre, la cual esconde gotas que recorrieron mi cara y tu rostro, tan rosado, tan rojo como el hierro al ser entregado a los ambiciones del fuego, tan rojo como tu espesa sangre.